Esta es una premisa atrevida que Literal - Periodismo Ciudadano asume bajo riesgo: para hacer buen periodismo hay que leer mucho y escribir mucho.

Y aplica tanto para quienes piensan que el periodismo escrito todavía es el santo grial del oficio, como para quienes piensan que la prensa escrita ante las nuevas tecnologías es una vieja gloria de museo, como un ancestral papiro sepia en urna de cristal.

Nuestra tesis no nace sólo de la retorcida mente del editor a cargo, sino de una consciente lectura de los secretos del oficio de escribir que cinco grandes maestros de la literatura, en algún momento de su vida, revelaron como herencia para quienes quieran seguir sus pasos o, al menos, conocer en detalle sus trucos de artesanía.

Ernest Hemingway

Comenzamos con Ernest Hemingway (1899-1961): es uno de los escritores norteamericanos más grande y popular en el siglo XX, premio nobel de literatura en 1954.

Gabriel García Márquez, en un artículo titulado “Mi Hemingway personal” en 1981 en el diario El País, reconoce la grandeza de Hemingway no solo por sus libros, “sino por su asombroso conocimiento del aspecto artesanal de la ciencia de escribir”.

 Cita García Márquez, que en la entrevista que le hizo el periodista Georges Plimpton a Hemingway en 1958 para París Review, el escritor “enseñó para siempre -contra el concepto romántico de la creación- que la comodidad económica y la buena salud son convenientes para escribir”.

 Además, que una de las dificultades mayores es la de organizar bien las palabras, que es bueno releer los propios libros cuando cuesta trabajo escribir para recordar que siempre fue difícil, que se puede escribir en cualquier parte siempre que no haya visitas ni teléfono, y, que no es cierto que el periodismo acabe con el escritor, como tanto se ha dicho, sino todo lo contrario, a condición de que se abandone a tiempo.

 Para Hemingway, la disciplina y la práctica de escritura y corrección, era su clave para presentar un buen texto.

 “Todos los días reescribo hasta el punto en que dejé el día anterior. Cuando todo está terminado, naturalmente lo reviso. Así se tiene otra oportunidad de corregir y reescribir cuando otra persona lo mecanografía, y uno ve el material en limpio. La última oportunidad son las pruebas de imprenta. Uno agradece todas esas oportunidades”, dijo en esa entrevista.

Stephen King 

Seguimos con Stephen King, prolífico escritor estadounidense de novelas de terror, ficción sobrenatural, misterio, ciencia ficción y literatura fantástica.

 Ha vendido más de 350 millones de ejemplares​ y gran parte de ellos han sido adaptados al cine y a la televisión.

 Ha publicado 61 novelas y siete libros de no ficción, entre ellos uno autobiográfico llamado On Writing (Mientras escribo), en el cual devela sus principales secretos, siendo uno de ellos la correlación de tiempo entre lectura y la práctica sistemática de la redacción.

 “Leo cuatro horas al día y escribo otras cuatro; si no se encuentra tiempo para hacerlo, no podrás convertirte en un buen escritor”, asegura.

“Si quieres ser escritor, lo primero es hacer dos cosas: leer mucho y escribir mucho. No conozco ninguna manera de saltárselas. No he visto ningún atajo”, sentencia Stephen King.

 Y remata King: “Leer es el centro creativo de la vida de escritor”.

 Luego, para él, el secreto para llevar con éxito una idea a un buen texto, es la edición y corrección constante de la escritura. Y la clave de todo ello es: el párrafo.

 “Yo soy del parecer de que la unidad básica de la escritura es el párrafo, no la frase. Es de donde arranca la coherencia, y donde las palabras tienen la oportunidad de ser algo más que meras palabras. La aceleración, suponiendo que en algún momento se produzca, ocurrirá a nivel de párrafo. Es un instrumento fantástico, flexible. Puede tener una palabra o durar varias páginas (…). Para escribir bien hay que aprender a usarlo bien”.

 King compara el ejercicio de construir párrafos con los de construir viviendas: “Después de todo, los carpinteros no construyen monstruos, sino casas, tiendas y bancos; algunos con madera, tablón a tablón, y otros ladrillo a ladrillo. Tú engarzarás párrafos, construyéndolos con tu vocabulario y tus conocimientos de gramática y estilo básico. Mientras cepilles bien tus puertas, puedes construir lo que te dé la gana; si tienes la energía necesaria, hasta mansiones enteras”.

Mario Vargas Llosa 

 

Ahora vamos a Marios Vargas Llosa, premio nobel de literatura en 2010 y considerado uno de los más importantes escritores latinoamericanos desde el siglo XX.

 En el año 1997, Vargas Llosa publicó Cartas a un joven novelista, un libro de ensayos en los que reflexiona sobre el arte de la literatura y por medio del cual devela las interioridades del oficio de escritor.

 Entre reflexiones sobre la vocación literaria, el estilo, la eficacia de la estructura, las estrategias para darle veracidad a historias de ficción, el autor desnuda tres grandes consejos: lectura, constancia en el oficio y convicción para escribir.

 “No hay novelistas precoces. Todos los grandes, los admirables novelistas, fueron, al principio, escribidores aprendices cuyo talento se fue gestando a base de constancia y convicción”.

 En una entrevista en 2001 en Londres, le preguntaron a Vargas Llosa: “¿cuál es la receta para llegar a ser un buen escritor?”.

 “Hay sólo una: trabajar, entregarte en cuerpo y alma, con perseverancia, con rigor. En una labor creativa no hay garantías de que el trabajo llegue a ser premiado con el talento, por desgracia. Hay un factor de suerte, azar, y otro que es una cierta disposición innata, etcétera; pero lo cierto es que si no haces el esfuerzo, nunca lo vas a saber”, respondió.

El universo de Macondo 

Continuamos con Gabriel García Márquez, quizás el más universal de los escritores latinoamericanos en el siglo XX.

 García Márquez, quien comenzó su carrera de escritor en el periodismo, achaca su éxito a la constancia en el ejercicio de escribir, a la búsqueda incansable de la creatividad y a la lectura permanente de la literatura que antecede al escritor.

 “Es muy importante que lo sepan interpretar los jóvenes escritores porque definitivamente, salvo que sea un genio excepcional que aparezca de pronto, no se puede hacer buena literatura si no se conoce toda la literatura”, dijo en 1979.

 “La verdad es que la literatura es una ciencia que hay que aprender y que existen diez mil años de literatura detrás de cada cuento que se escriba y que para conocer esa literatura sí se necesita modestia y humildad (…). Al fin y al cabo, la literatura no se aprende en la universidad, sino leyendo y leyendo a los otros escritores”.

De Castigo Divino y Mentiras Verdaderas 

Y cerramos con Sergio Ramírez Mercado, nicaraguense premio Cervantes en 2018 y uno de los escritores más grande de Centroamérica.

Su proceso es este: definir la idea, de inmediato la artesanía en la construcción del relato, precisión en el uso del idioma y luego, en la búsqueda incesante de la perfección, la corrección infinita.

Uno de los primeros requisitos para escribir, dice Ramírez, debe ser la necesidad de contar, es decir, la vocación de narrador.

 “Narrar es un don que no brota sino de la necesidad de contar, esa necesidad apremiante sin la cual, quien se entrega a este oficio incomparable, no puede vivir en paz consigo mismo. Desde el fondo de esa necesidad un novelista debe iluminar en su prosa todo aquello que yace en las profundas cavernas del sentido, acercar la antorcha a los rostros de los personajes ocultos en la oscuridad, revelar los entresijos cambiantes de la condición humana”.

Luego, dice Ramírez en su libro Mentiras Verdaderas sobre el arte de escribir ficción con precisión de realismo, está la búsqueda de la perfección a través de la escritura constante, la edición inconforme, la relectura y la limpieza de lo escrito.

“Hay que saber atrapar la gracia. La escritura es un milagro provocado. Y no pocas veces un milagro una y otra vez corregido”, dice citando los versos de Rubén Darío que rezan: “Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo… y no hay sino la palabra que huye”.

“Porque eso es la escritura, hacer que las palabras se acerquen lo más posible a la idea concebida, a las imágenes desplegadas en la mente. Convertir pensamientos en palabras”, dice Ramírez, quien luego cita una carta Louise Colet: “Todo el talento de escribir no consiste, después de todo, más que en la escogencia de las palabras”.

“La palabra que calza como anillo al dedo. La pieza adecuada, el tornillo, la biela, colocados en el lugar preciso de la máquina para que pueda andar con armonía, sin notas desafinadas ni ruidos molestos”, ejemplifica Ramírez.