Por Mauricio Miranda*

Aclaración desde la primera línea: este texto de ningún modo pretende aleccionar a nadie. El problema es que apenas uno quiere referirse a “Don Quijote de la Mancha” el grupito que estaba prestando atención empieza a diluirse, porque ya les parece que saltarán aquellas preguntas que nos hacían en Lengua y Literatura del bachillerato tales como “explique el tema central de la novela” o “describa la intención del autor a partir de sus personajes principales”.

Y estoy seguro que más de uno se imaginó ahora mismo a su maestra de aquella época advirtiendo con implacable severidad, sobre las consecuencias que habría de pagar aquel astuto que pretendiera secuestrar a quienes habían leído la obra para sacarle bajo amenazas todas las respuestas posibles sobre lo que vendría en el examen.

Pero lo cierto es que este loco, Alonso Quijano, alias Don Quijote, o como él mismo se hacía llamar, El Caballero de la Triste Figura, vaya que tiene cosas interesantes que enseñarnos. ¿Nunca les ocurrió, por ejemplo, que un día, ustedes mismos, con los recursos que tenían a mano, sus ideas, sus talentos, su optimismo, su nobleza y su ya incontenible irreverencia ante la autoridad de sus padres, decidieron que era el momento de tomar acción y cambiar el mundo?

Así también le ocurrió a él. Y sin pedir permiso a nadie ni consultar opiniones, decidió que no podía estar esperando a que el mundo se remendara solo y partió a socorrer a quien necesitara de su ayuda sin que nadie se lo pidiera. Nunca pensó cobrar salario y nunca tuvo miedo incluso a perder la vida. Su convicción era lo único que necesitaba para enfrentar cualquier peligro.

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Los molinos de viento y la lucha contra el mal

Y claro, lo tomaron por loco. ¿Porque a quién se le ocurre dejar la comodidad de su casa (de su hacienda en este caso) e inventarse que un molino de viento, con sus largas aspas girando, podría ser un gigante asesino y despiadado? Y no era uno, sino un ejército completo de gigantes descomunales ansiosos por cobrar la vida de inocentes.

Este episodio siempre ha estado abierto a todas las interpretaciones imaginables, como cuando se acaba nuestra serie favorita de Netflix y le inventamos subtramas o finales alternativos. Pero yo abrazo la idea de que su embestida a caballo lanza en ristre contra el coloso de piedra, representan nuestros ideales, que por muy disfuncionales que parezcan, son infinitamente liberadores: ante un molino de viento, o ante un sistema político, o educativo, o ante la injusticia, o ante la indiferencia, o ante el anquilosamiento de nuestras almas, o cuando hemos perdido la fe y sin embargo nos animamos a dar la última batalla.

Es un no rendirse, un no conformarse.  

El humanismo del Quijote

Un día se topó con unos presos en el camino. Iban encadenados del pescuezo, de las muñecas y tobillos. Su destino eran las galeras y terminar sus días remando y remando hasta su último suspiro. Los guardas no tuvieron inconveniente con que este extraño caballero les entrevistara mientras avanzaban, para saciar su curiosidad sobre por qué iban de ese modo.

Y tras escuchar a cada uno de ellos (todos estaban condenados, por delitos más bien menores), a Don Quijote le pareció que no era justo. Y zas, que nos lanza un discurso para el debate que ha durado 400 años, sobre cuáles son los parámetros humanos respecto al concepto de Justicia y los principios a tomar en cuenta para aplicarla al semejante. ¿Tiene el Rey la última palabra? ¿O Dios? ¿O el humano común que, aunque letrado puede también ser un villano?

Justamente uno de los maleantes iba preso por robar una canasta de ropa y pasaría sus últimos años a punta de latigazos si no moría de hambre primero. ¿Les resulta familiar ese tipo de circunstancias? A la del tipo que va preso por robarse unos plátanos o una gallina. En cambio, a lo largo de su aventura Don Quijote se toparía con verdaderos bellacos (como les llamaría él) ya de otro nivel, y que, sin embargo, hacían y deshacían a gusto y antojo bajo el amparo del poder corrupto.

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La inocencia del héroe

Dedicaré el último comentario al episodio de Clavileño, naturalmente, no porque sea superior a cualquier otro (la novela toda es suprema), sino porque recuerdo haberlo leído regresando de occidente hacia Managua, de pie entre la fila de asientos de un bus expreso, sosteniendo el libro con un mano y una encomienda con la otra, mientras el cielo nos regalaba la pintura cautivante de un apacible atardecer. Recuerdo tal lectura con una nostalgia especial.

Imaginen ante ustedes un caballo de madera, elaborado de pino rudo sin cepillar, tan simple como el que utilizan los carpinteros para trabajar las piezas, pero lo suficientemente grande como para que suban sobre sus lomos dos personas.

Un grupillo de bandidos cortesanos le hizo creer a Don Quijote que el único modo de desaparecer el encantamiento que el gigante hechicero Malambruno había lanzado sobre unas desprotegidas damas, era subir sobre el “corcel” y derrotarlo en una descomunal y singular batalla. Y le hicieron creer tal historia porque el caballero fue vendado junto a su escudero antes de emprender el viaje.

De modo que Don Quijote, sin miramiento alguno –pese a las dudas y el temor de Sancho--, subió junto a su escudero sobre Clavileño y partió hacia una de las aventuras más fantásticas de la literatura universal.

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Los motivos del loco

Para los burlones cortesanos la imagen era irresistible: dos infelices sin remedio cabalgando en su locura, pero en cambio Don Quijote nos mostró que cuando se trata de sumarse a una buena causa, ni hay que perder tiempo ni tener reparo en límite alguno, y así, nos maravilla con su fascinación cuando atraviesa los cielos y llega volando a la segunda región del aire, de donde provienen el granizo y las nieves, alcanza luego la tercera región del aire donde se engendran los rayos y relámpagos, y con la debida precaución sobrevuela la región del fuego, para no ser alcanzado por alguna llamarada fatal. Y desde las increíbles alturas de su imaginación, reconoce y admira también el trayecto que otros grandes y valientes personajes surcaron antes que él.

Esos fueron sus motivos: tener la plena conciencia de que los más fantásticos misterios del Universo permanecen ocultos, pero encendidos entre las llamas abrasantes de nuestra verdadera esencia, y que para lograr un cambio, el verdadero cambio, debemos seguir y luchar por nuestras ideales hasta las últimas consecuencias.

*Periodista. Gerente de M-Interactive (Empresa Especializada en Eventos y Promoción de Videojuegos en Nicaragua).